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31 jul 2011

Cuba: El poder y la gloria

Arzobispo emérito de Santiago de Cuba, Pedro Meurice Estiú, 1998.

“Duro como una roca, paterno como un abuelo, tierno como un niño”. Con estas palabras describe Dagoberto Valdés, ex director de la revista “Vitral”, a monseñor Pedro Meurice Estiu, arzobispo de Santiago de Cuba entre 1970 y 2007, recientemente fallecido. Los tres adjetivos se adaptan como un guante a la personalidad de quien fue un incansable defensor de los derechos humanos en la isla y el protagonista de la mayor y más simbólica protesta pública contra el régimen realizada por una alta figura de la Iglesia cubana desde el triunfo de la revolución.

Pedro Meurice fue secretario y sucesor en la diócesis de Santiago de Cuba del arzobispo Enrique Pérez Serantes, quien en 1959 describió a Fidel Castro como un “hombre de dotes excepcionales” para acabar denunciando “el pesado yugo de la nueva esclavitud” revolucionaria cuyo propósito, dijo, era acabar “con la libertad, propia de los hijos de Dios”. Monseñor Pérez Serantes sufrió en carne propia la persecución que padeció la Iglesia católica en Cuba después de la breve “primavera” que siguió a la llegada de Fidel Castro al poder. El 17 de abril de 1968, un día antes de su muerte, el anciano sacerdote dirigió unas palabras proféticas a su sucesor Pedro Meurice Estiu: “Muero como un perro mudo. A mi me taparon la boca, así que el día que tú puedas hablar, habla. Y que el mundo te oiga”.

Treinta años después, el 24 de enero de 1998, el arzobispo Pedro Meurice habló más alto que nunca y sus palabras se oyeron en Cuba y en todo el mundo, retransmitidas en directo, paradójicamente, por la televisión estatal cubana. Fue durante la visita de Juan Pablo II a la isla. Monseñor Meurice pronunció una homilía en la plaza Antonio Maceo de Santiago de Cuba, ante el Papa y decenas de miles de cubanos y en presencia de una nutrida representación del gobierno, presidida por el entonces número dos del régimen, Raúl Castro.

El arzobispo de Santiago dio la bienvenida al Pontífice y le presentó al pueblo cubano, “un pueblo noble” y también “un pueblo que sufre”, un pueblo que “es respetuoso de la autoridad y le gusta el orden, pero necesita aprender a desmitificar los falsos mesianismos”. “Este es un pueblo –dijo monseñor Meurice– que ha luchado largos siglos por la justicia social y ahora se encuentra, al final de una de esas etapas, buscando otra vez, cómo superar las desigualdades y la falta de participación. Deseo presentar en esta eucaristía a todos aquellos cubanos y santiagueros que no encuentran sentido a sus vidas, que no han podido optar y desarrollar un proyecto de vida por causa de un camino de despersonalización que es fruto del paternalismo. Le presento, además, a un número creciente de cubanos que han confundido la Patria con un partido, la nación con el proceso histórico que hemos vivido en las últimas décadas, y la cultura con una ideología. Son cubanos que al rechazar todo de una vez, sin discernir, se sienten desarraigados, rechazan lo de aquí y sobrevaloran todo lo extranjero. Algunos consideran esta como una de las causas más profundas del exilio interno y externo”.

Desde las durísimas cartas pastorales de monseñor Enrique Pérez Serantes, sobre todo las tituladas “Por Dios y por Cuba” y “Roma o Moscú”, en las que calificaba al sistema comunista implantado en Cuba como “un virus mortal”, ningún prelado de la Iglesia católica se había atrevido a tanto y menos en presencia de Raúl Castro. El régimen quiso instrumentalizar la visita de Juan Pablo II, pero se dio de bruces con un hombre que nunca le tuvo miedo a la verdad que, como decía don Quijote, “adelgaza y no quiebra, y siempre anda sobre la mentira como el aceite sobre el agua”.

Las palabras de monseñor Pedro Meurice fueron censuradas por algunos obispos, que le reprocharon su “falta de prudencia” porque podían causar un conflicto con el gobierno. La jerarquía católica ha sido en ocasiones muy crítica con el régimen, como en 1993, cuando la Conferencia Cubana de Obispos Católicos publicó el mensaje “El amor todo lo espera” en el que pedía cambios profundos en la dirección del país. Pero cada vez se alzan más voces en Cuba para exigir al cardenal Jaime Ortega Alamino un pronunciamiento más firme frente a las tropelías del gobierno sobre todo en materia de derechos humanos. El papel mediador del cardenal Ortega en la reciente excarcelación de presos políticos, ha sido muy criticado por sectores de la disidencia por avalar la pena de destierro en lugar de exigir al gobierno que todos los disidentes se quedaran en su país.


Muy duro con el cardenal Ortega se mostró el hasta hace unos días jefe de la Oficina de Intereses de Estados Unidos en La Habana, Jonathan Farrar quien, en un cable dirigido al Departamento de Estado, según reveló Wikileaks, la Iglesia católica ha capitulado ante el gobierno y se ha distanciado de los disidentes católicos, a cambio de que el régimen le permita mantener un espacio para el culto y pueda reconstruir templos y seminarios. “El miedo a despertar la ira del Gobierno reduce los programas de la Iglesia a labores muy limitadas, como el cuidado de enfermos mentales”, indica el cable de Farrar, que dibuja una Iglesia acobardada, resignada a la caridad gubernamental y a una mínima autonomía.

Según Wikileaks, un miembro del Vaticano experto en Cuba reveló a funcionarios estadounidenses que el cardenal Jaime Ortega presionó para que se clausurara la revista católica “Vitral”, muy crítica con el gobierno. “Vitral”, editada por la diócesis de Pinar del Río estaba dirigida por el intelectual laico Dagoberto Valdés. La revista estaba considerada como la mejor publicación católica de la isla. “Vitral” no se clausuró, pero en abril de 2007, tras forzar el obispado un cambio en la línea editorial, Dagoberto Valdés y otros miembros de la redacción renunciaron a sus puestos.

En Cuba, gobierno e Iglesia, el poder y la gloria, se han mirado siempre con recelo. En su irresistible ascensión a la cima del poder, Fidel Castro no se detuvo a las puertas de las iglesias. Pero nunca faltaron voces valientes que denunciaron los excesos de la dictadura. Al arzobispo Enrique Pérez Serantes le taparon la boca, pero su discípulo, Monseñor Pedro Meurice Estiu, habló fuerte y claro y sus palabras aún resuenan. Descansen en paz.

Por Vicente Botín

Fuente: Infolatam 


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  • 18 may 2011

    El final de Fidel Castro



    Recuerdo cuando Venezuela daba un bolívar para ayudar a la revolución cubana.

    Cada venezolano – la inmensa mayoría – lo hacía con gusto, convencido de que de esa manera contribuía a derrotar la dictadura del sargento Fulgencio Batista.

    El corrupto gobernante garantizaba a los turistas la “dulce vida”. A Cuba se le consideraba una gran bacanal. Cierto o no, esa era la imagen que irradiaba.

    Cuando bajan de la Sierra Maestra, los barbudos victoriosos, encabezados por Fidel, la alegría es mundial.

    Se decía que había triunfado la libertad. Prometían elecciones libres a la vuelta de la esquina.

    Eran momentos en los cuales se requería de gran coraje o valentía para afirmar que Fidel o el Che, su principal lugarteniente, eran comunistas. Hacerlo era convertirse casi en un hereje.

    Se iniciaron los fusilamientos, y las persecuciones contra la Iglesia católica. No pocos sacerdotes cayeron, y numerosos fueron aventados al exilio. Las cárceles fueron abarrotadas y a la disidencia se le calificaba de gusanos, apátridas y de otras lindeces propias del léxico comunista.

    A nadie se le creía que no todos lo eran y que si lo eran no tenían que ser víctimas de tan crueles y sanguinarios procederes.

    Conocí a algunos cubanos exiliados, en Maracaibo, que eran y son ejemplos de dignidad, decoro, eficiencia profesional y honestidad. Uno de ellos, de profunda convicción cristiana católica, fue más que un amigo.

    Betancourt derrotó a la vedette de entonces cuando, la revolución cubana invadió a Venezuela por Machurucuto. El Ejército venezolano actuó patrióticamente en defensa de la soberanía nacional. Betancourt había negado ayuda a Castro en los arbores de 1959 cuando se estrenaba la democracia en la patria del paladín de la libertad: Simón Bolívar.

    Rómulo Betancourt sería un gran presidente y no aceptó la reelección en su momento.

    Juan XXIII, el Papa Bueno, excomulgó en esos días a Fidel Castro. El humilde y bondadoso santo Papa, tuvo el coraje de convocar el Concilio Ecuménico Vaticano II, innovador y vigente aun, interpretando los signos de los tiempos que clamaban libertad y justicia.

    Fidel hace pensar.

    Hombre de indiscutible talento y carisma ha debido leer, releer e internalizar a Maquiavelo, uno de los grandes personajes del Renacimiento ocurrido en Europa en el siglo XVI. Ha debido hacerlo con El Príncipe, obra máxima del florentino, que es un tratado de relaciones políticas que se refieren a cómo debe ser un gobernante: diestro en el engaño, de virtudes solo aparentes, amoral, indiferente, por tanto, al bien y al mal, moverse según los vientos, concentrar en él todos los poderes, autoritario, ser él la ley, y el único, por sus cualidades excepcionales – se lo cree – capaz de ser el príncipe.

    Fidel creyó todo eso. Sumió a su pueblo en el dolor afuera y adentro.

    Acaba de asistir al VI Congreso del PCC y no habló, el hombre de los interminables discursos. Días atrás se concretó a enviar un mensaje de pocas palabras: “Que hagan las reformas necesarias”.

    Es su final. De un silencio ruidoso, como dijera Omar Barboza en, Cuba: Rectifica o se hunde (Panorama, 9-5-11). Y de aceptación de las palabras de su heredero, actual presidente de Cuba, de que ningún funcionario de alta jerarquía podrá durar más de diez años en el poder… él, que duró al frente del mismo, más de cincuenta años.

    José Vicente Rangel, pienso yo, le rinde homenaje en su final, citando a Juan Pablo II – determinante en la caída del comunismo – quien manifestó a Bertone, cardenal, que fue Fidel Castro el presidente que más se preparó para recibirlo leyendo sus Encíclicas y todos sus artículo.

    Rafael Inciarte Bracho
     
    Fuente: El Librepensador


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