23 jun. 2010

La revolución imaginaria

Por: Armando Añel

Un régimen que gira en torno a la enfermedad de un hombre cuya permanencia en el poder cumple medio siglo. Una clase gobernante incapaz de pasarle página a un anciano decrépito que le ha hecho padecer el más espantoso ridículo durante la última década. Una Isla en la que decenas de miles de individuos se echan –o son echados– a la calle para recibir a un patético ex golpista que canta rancheras y se pasea con una cotorra posada en el hombro. Una sociedad en la que no se puede ser sino como ente colectivo, impersonal. Un país en el que no se puede ser a escala individual, ciudadana. Una revolución imaginaria.

Algo así sólo puede subsistir institucionalmente afincado en un nacionalismo complaciente, más concentrado en ensalzar su mitología que en localizar la raíz de sus dificultades y carencias. En definitiva, ¿qué es el castrismo como idea –ya se sabe lo que es como hecho concreto– sino un intento de glorificación de lo nacional que se sirve, estructuralmente, del totalitarismo?

Un intento de glorificación de lo nacional y un intento de vulgarización de la diferencia. Porque la llamada "revolución cubana" también ha sido, en una dimensión sociológica, la rebelión de lo escatológico contra lo diverso, la minuciosa y festiva cruzada de la chabacanería contra la mesura. En 1959 la revolución de la inmundicia barrió de golpe, como la peste, con las instituciones, usos y estructuras del orden republicano. En 1968 la revolución ya había dejado de serlo en su carrera hacia la institucionalización de un totalitarismo radicalmente escatológico. Y a finales de 2006 regresaba metafóricamente a sus orígenes, con su máximo impulsor aquejado de los mismos padecimientos –el cerco de la suciedad apretándose en espirales febriles– que en su momento trasladara a la sociedad cubana.

De manera que el círculo vicioso que inaugurara el castrismo se cierra sobre su punto de partida, desmitificándose en el chándal Adidas del Comandante en Jefe. Fidel Castro se muere chabacanamente, chapoteando en su propio detritus. No obstante, parece improbable que tras la desaparición del "máximo líder" sus sucesores consigan desinfectar el sistema arrasando, como el Hércules de la leyenda, con el estercolero de los establos castristas.

El castrismo es el altavoz a través del cual se ha expresado lo más deficitario, elevado a la categoría de revolucionario, de la nación cubana. Y, durante décadas, lo más deficitario ha fermentado sedimentos sobre los que la población emigra, pero desde los que el país vegeta. Cualquier estrategia, o esfuerzo, que pueda realizar la oposición interna, o externa, para movilizar a la población debe contar con el relativismo imperante. Incluso, para el ciudadano común, el hecho de negarse a votar en las jocosas elecciones que se ha inventado el régimen, permaneciendo en casa, implica señalarse. "No te señales". "Te vas a señalar". "No dejes que te señalen". El concepto es archimanejado en la Isla y revela la fibra íntima de la Cuba actual.

Es la base social con que cuentan los neo-reformistas por el estilo de Lage Codorniu y Mariela Castro, hijos del vicepresidente Carlos Lage y de Raúl Castro respectivamente, para perpetuar el sistema tras la muerte de los padres fundadores.

En cualquier caso, una refundación cubana sólo será posible desde la asunción de un nacionalismo crítico formalmente estructurado. Un nacionalismo que deberá empezar por redefinir el propio concepto de nacionalismo, desafío que la mayoría de los creadores de opinión, tanto en la Isla como en el exilio, no han querido, o no han podido, afrontar durante los últimos cincuenta años. Ya no más golpes de pecho, ni patrióticas andanadas, ni especulaciones en torno a la supuesta grandeza del país y su gente. La refundación sólo será posible desde un nacionalismo que asuma no sólo las virtudes de la cubanidad, ya suficientemente alabadas, sino las carencias de una cultura política acríticamente asentada en lo superlativo, en lo imaginario.

No es la vida lo que sigue igual en Cuba, sino la muerte. La lenta muerte de la nación a manos de la oligarquía que usurpa el poder desde hace medio siglo, empeñada en redecorar a perpetuidad un nacionalismo parasitario cuya principal refutación sigue siendo el baño de realidad que diariamente se ve obligada a tomar la población cubana. Es la muerte lo que sigue igual, o esa forma de morir socialmente, civilmente, que Human Right Watch describe como la falta de los "derechos fundamentales de libertad de expresión, asociación, reunión, privacidad, movimiento y al debido proceso".

Lo otro es la revolución imaginaria.

Tomado de: Libertad Digital

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