20 nov. 2010

Chávez, el último fidelista

El Loco en Jefe y el Loquete
A Castro hay que leerlo entre líneas, fijarse en lo que calla. Uno de los hombres, ayer más poderosos de América Latina, apenas cuenta hoy con su pluma y con el respeto incondicional de Hugo Chávez.
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Fidel no opina sobre el documento de las reformas económicas que discutirá el Partido Comunista Cubano; dice que ya no preside el Partido. En tono resignado ante lo inevitable, afirma aprobar las reformas que impulsa su hermano, pero recuerda en su interior la advertencia que le hiciera a Gorbachov sobre el peligro de abrir una ventana y que de pronto por ahí se disolviera la revolución.


Raúl no quiere depender demasiado de Venezuela, alguna vez el apoyo venezolano correrá la suerte del ruso: desaparecerá. En cambio, las remesas del exilio cubano representan dinero en efectivo sin ninguna contraprestación y bastaría con duplicarlas para que Cuba saliera de abajo sin tanto trabajo. ¿Cómo? Permitiéndoles a los cubanos invertir en la isla, adquirir viviendas, financiar los negocios de sus familiares: ya pagan el consumo de cientos de miles de celulares.

Fidel sabe que por esa vía el quedará como un simple articulista que opina sobre la amenaza nuclear, y al que sólo Chávez toma en serio.


Chávez necesita adaptarse a un nuevo mundo; lleva 12 años comportándose como si viviéramos en los tiempos de la Guerra Fría, preocupado únicamente por confrontar a Estados Unidos sin comprender que el mundo unilateral se esfumó, que surgió una nueva realidad internacional y que países como China sólo se preocupan por sus intereses nacionales y no se sacrificarán a favor de Venezuela.

Chávez convirtió a Venezuela en un servidor, aliado incondicional de Brasil. El ALBA no pesa en el mundo de hoy y la misma Cuba no vacilaría en darle la espalda al ALBA.


Fidel Castro acepta, a regañadientes, las reformas económicas que significan una apertura hacia el capitalismo; para Cuba no hay otra salida que imitar a Vietnam y a China, aceptar la inversión extranjera, buscar una reconciliación con Estados Unidos para aprovechar la posición privilegiada de la isla, vecina del principal mercado del mundo.


En cambio, Chávez orienta el comercio de Venezuela con Bielorrusia, se alía con empresas petroleras sin experiencia tecnológica. No hay nada malo en diversificar el comercio exterior venezolano, imitar a Brasil, Argentina o Chile donde China representa un cliente y un inversionista, a veces, tan importante como los propios Estados Unidos.

Pero estos países han actuado así por razones comerciales, no políticas. Chávez supedita el comercio y la economía a la política, a su política personal, al apoyo que reciba en el mundo.

Este delirio no concluirá felizmente para Venezuela.

Pagaremos los platos rotos.


Chávez es el último castrista, el heredero de nada, acompaña a Fidel por una calle ciega. A los dirigentes cubanos, el calendario les anuncia la desaparición cronológica.

Chávez sigue la política de los octogenarios; es decir, la política sin futuro y que vive del pasado. El calendario conspira fatalmente contra Fidel. ¿Lo sabe Chávez? o ¿está representando Chávez una gran comedia?, y en realidad apuesta a ser el heredero político de Castro, el último intransigente.

Fausto Masó

Tomado de: Noticiero Digital (Venezuela)

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