14 mar. 2011

El Dr. Biscet está en la calle.


El pasado viernes, el régimen comunista de La Habana liberó, no es esto, no es esto, sacó de la cárcel al doctor Óscar Elías Biscet, heroico luchador por la libertad, luego de condenarle a 25 años de presidio en la Primavera Negra de 2003. Fue la única alegría que nos trajo ese otro maldito 11 de marzo. 

Óscar Elías nació el 20 de julio del año 61 en La Habana, en el seno de una familia humilde. En 1985 se recibió como médico, especialista en medicina interna, y ya en el 86 andaba metido en problemas con las autoridades, por esa funesta manía suya de denunciar los atropellos y desmanes: en este caso, el primero, se trataba de protestar por las horas sin cuento que los galenos tenían que trabajar para el Socialismo sin recibir un peso. ¿Pero no era que se había acabado la explotación del hombre por el hombre? Era: ahora es que viene la explotación del hombre por el Estado, droga dura, mihelmano.

El Estado tomó nota y procedió, le molestó como sólo un Estado en un régimen totalitario puede hacerlo, le expedientó: por "peligrosidad" y en 1994, el año hipertenso de la crisis de los balseros.
Se considera estado peligroso la especial proclividad en que se halla una persona para cometer delitos, demostrada por la conducta que observa en contradicción manifiesta con las normas de la moral socialista.
(Código Penal cubano, art. 72).
Cómo no iba a ser peligroso para el socialismo gobernante, realmente existente en la Isla, repugnante, el doctor Biscet. Y más que lo iba a ser, especialmente a partir de 1997, cuando ponga en marcha la Fundación Lawton, que defiende los derechos humanos poniendo especial énfasis en el primero de ellos, "el derecho a la vida, sin el cual las otras libertades quedarían invalidadas".

Ese mismo año elaboró un estudio, "Rivanol: un método para destruir la vida", sobre las prácticas abortivas en la Isla... y sobre el asesinato de las criaturas sobrevivientes de las prácticas abortivas. En 1998 el doctor Biscet, coraje coraje, envió su demoledor yo acuso al dictador Castro y a la Convención de los Derechos del Niño, con sede en Ginebra, Suiza; y para asegurarse de que todos sus colegas se dieran por aludidos publicó un documento, titulado "Una actitud que nos concierne a todos", en el que les urgía a defender la vida:
En sus manos está el poder detener este genocidio hecho legal, usted puede decir no y con su apoyo hacer cambiar este proceder erróneo en nuestra sociedad.
La reacción no se hizo esperar. El mismo día en que se impuso la tarea de agitar las conciencias de sus colegas fue expulsado del hospital en que trabajaba y del propio Sistema Nacional de Salud. Lo que, en un país donde la medicina está socializada y el Estado es el único patrón, equivale a lo que equivale: una condena en cadena perpetua a la indigencia. Como el Socialismo es Justicia, dar a cada uno lo que se merece, su mujer, la enfermera Elsa Morejón, tampoco puede trabajar en lo suyo, en nada. Imposible no traer aquí a colación las palabras de Nadezhda Mandelstam, viuda del poeta Osip Mandelstam, una de las incontables víctimas del Gulag stalinista (un inciso: ¿sabrán los niños tontos que se ensucian el pecho con las tiñosas camisetas del Che Guevara que su ídolo a veces firmaba sus cartas con el pseudónimo "Stalin II"?).
Se han roto los lazos sociales; la familia, el círculo de amigos, la sociedad han desaparecido de golpe. Nos hemos quedado solos ante esa misteriosa fuerza llamada Estado y sus poderes de vida y muerte. Hay que gritar. El silencio es un auténtico delito contra el género humano.
(V. Manu Leguineche, Madre Volga, Seix Barral, Barcelona, 2003, págs. 51-52).
Pero Biscet siguió en la brecha, juramentado como estaba a no callar ante los atropellos, las injusticias, la tiranía. Por la libertad. En 1999 fue uno de los artífices de los emblemáticos Cuarenta Días de Ayuno, que tenían por objeto exigir el cumplimiento de los Derechos Humanos en Cuba y la excarcelación de todos los presos políticos:
Cada día de ayuno representa un año de sufrimiento y violación de los derechos de todo un pueblo en las últimas cuatro décadas –pudo leerse en el llamamiento que hicieron al pueblo cubano–. Sólo se ingerirán alimentos líquidos y suplementos vitamínicos. El período mínimo de participación será de 6 horas, ayuno simbólico para que Dios nos conceda las peticiones de nuestros corazones. Recordamos las palabras del profeta Isaías (58: 6-7):
"El verdadero ayuno es: desatar las ligaduras de la impiedad, soltar las cargas de la opresión, liberar a los quebrantados, romper todo yugo, dar pan al hambriento, dar a los pobres errantes albergue, cubrir al desnudo (...) Entonces nacerá la luz".
Acción por la libertad, despiadada reacción socialista: en los 18 meses que siguieron a los Cuarenta Días, el régimen de los Castradores detuvo a nuestro hombre –¡sí, esto es un hombre!– en 26 ocasiones. Hasta que, a finales de 1999, y luego de que se concentrara ante su antiguo centro de trabajo para protestar contra el aborto y de que diera una rueda de prensa en la que anunció la celebración de una manifestación en La Habana en defensa de los derechos humanos y de los presos políticos, la dictadura le impuso una pena de tres años de cárcel, que cumpliría en un penal cuyo nombre no se le hubiera ocurrido al mismísimo George Orwell: Cuba Sí, situado en las proximidades de Holguín.
Aquí, desde esta morada del dolor, también defiendo los derechos humanos –escribía a su impagable Elsa el 18 de mayo de 2000–. Siempre estuve, estoy y estaré al lado de la justicia y por la libertad de todos los cubanos.
(V. José María González-Llorente –coord.–, Voces tras las rejas, Biblioteca de la Libertad, Instituto y Biblioteca, Miami, 2004, p. 86).
Ni roto ni doblao, en 2002 sus enemigos le devuelven a su casa. Pero apenas le dará tiempo a estar con los suyos, a seguir en la batalla. Al cabo de sólo un mes de nuevo le apresan, y el vendaval liberticida de marzo de 2003, la tristemente célebre Primavera Negra de Cuba, se lo llevará por delante con una condena de 25 años por atentar contra la seguridad de ese Estado que no hace sino atentar contra la seguridad, la vida y la dignidad de los cubanos desde hace más de medio siglo.

Durante todo este tiempo, a Biscet le han hecho de todo: emparedarle en una celda tapiada, ponerle por compañeros a convictos por asesinato, volverle literalmente loco con la formidable ayuda de la psiquiatría castrista... Pero no han podido con él, ¡no han podido con él!
A mis hermanos en el exilio, a la comunidad internacional y al pueblo cubano les digo que me siento secuestrado solo por defender el derecho a la vida y el derecho de todos los cubanos a vivir en libertad. RECUERDEN QUE NUNCA TRAICIONARÉ UNA CAUSA JUSTA: LA DE LOS DERECHOS HUMANOS. Por favor, no me lo pidan. Mi inspiración está viva: Dios y los grandes maestros de la no violencia, presentes hoy más que nunca. Como dijera Martin Luther King: "Si un pueblo es capaz de encontrar entre sus filas un 5% de (...) hombres dispuestos a ir voluntariamente a la cárcel por una causa que ellos consideran justa, entonces no habrá obstáculo que pueda detenerlo".
(Fragmento sin fechar de una carta sacada clandestinamente de prisión, en González-Llorente, ob. cit., pp. 88-89).
El doctor Óscar Elías Biscet, Medalla Presidencial de la Libertad en 2007, candidato al Premio Nobel de la Paz en este 2011, ha vuelto a pisar las calles de su ciudad natal. Y ha vuelto para quedarse. "Siempre he vivido en Cuba, soy de Cuba. Nunca he hecho daño a nadie, siempre he dado amor, y por dar amor me dieron mal, principalmente el Gobierno", ha declarado. E insistido, para dejar las cosas bien claras a quienes se empeñaron (¿y aún se empeñan?) en neutralizarle por el procedimiento de empaquetarlo rumbo a España:
Desde que creé la Fundación Lawton, tomé el compromiso conmigo mismo de no partir del país. Creo que mientras en Cuba no exista libertad, todos debemos estar aquí para luchar por ella.
Vuelve el hombre, el heroico doctor Biscet, convencido de que este año sí, por fin sonará la hora de la libertad de Cuba ("Seremos libres porque el pueblo está con nosotros, solamente hay que unirlo"), y con el convencimiento de que sabe cómo lograrlo:
Para conquistar la libertad, si el Gobierno no cede, el pueblo debe hacer la acción directa, que es no violenta pero es en las calles.
 Por Mario Noya

Tomado de: Libertad Digital


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