3 oct. 2010

La trampa del futuro socialista

Chávez y Castro: el pasado como meta
Señalaba el periodista y escritor austríaco Robert Jungk (1913-1994) en su extraordinario libro El futuro ya ha comenzado, que el futuro está determinado en gran parte por las decisiones que asumamos hoy o por la falta de ellas. El venezolano se acoge a este principio casualmente, sobre todo cuando se siente atrapado en su propia maraña. El petróleo posibilitó que nos condujéramos como si existiesen alternativas de crecimiento intuitivas e ilimitadas, incluida la marxista, sin haber ahondado debidamente en los reales conflictos del presente. Diez años de una estúpida tentativa política demuestran que no es así.

El debate en una sociedad desintegrada como la que pretende implantar Chávez sólo puede producir resultados desintegrados y contrapuestos. El régimen ha trasladado las fallas del pasado al presente de manera reforzada; además de agregar las suyas que no son pocas. En ese contexto nada bueno podría esperarse para el futuro. Fracasó el intento oficialista de provocar miedo y hechos violentos que dejaren poco margen para imaginar un mejor mañana. Ciertamente el Apocalipsis es una de las sensaciones más antiguas del hombre aunque su significación haya variado con el tiempo. Ahora se relaciona no solo con la destrucción del mundo sino con el temor que provoca cualquier ocurrencia sociopolítica extrema.

Es indispensable el equilibrio para que el país, los individuos y la sociedad en general, puedan subsistir dentro de la civilidad necesaria. Cualquier pérdida de mesura puede llevarnos al Apocalipsis social y político, sobre todo si permitimos que las instituciones sean "demolidas". De allí la trascendencia de las elecciones del 26-Set. No basta con la complacencia estética de un futuro concebido por un iluso que por azar llegó a la presidencia. Debe irritarnos el negocio que ese frenético personaje hace con imágenes ficticias de "un futuro feliz".

La habilidad para comerciar con el futuro no es un rasgo exclusivo y particularmente malvado, como acusan los marxistas, del capitalismo tardío. La agencia de prensa soviética organizó en 1961 una encuesta con la siguiente pregunta: ¿Cómo se imagina usted el mundo y su propio país dentro de 20 años?

Fjodor Ponenko, estudiante de la Universidad de Moscú y técnico de construcción: "en 1981 los nacidos en 1961 estudiarán la historia y luego de 64 años de vida comunista se sabrá de guerras nada más que por los libros; la bandera de la libertad ondeará en África orgullosa y unida. La paz y el orden reinarán en Cuba. Mis nietos preguntarán por la época en que estábamos rodeados de países capitalistas y preguntarán qué cosa es una bomba y para qué sirve la guerra".

Jakow Sugman, médico de hospital para tuberculosos de Moscú: "en 1981 no podrá hablarse de tuberculosis, por lo que estas instalaciones se transformarán en zonas deportivas".

Vano Muradeli, compositor y promotor de la Música del Realismo Socialista: "en 1981 estarán construidos por todas partes un nuevo tipo de palacios de cultura de grandes dimensiones capaces de albergar una compañía de ópera completa. Se triplicará el tiempo libre del hombre y no tendrá las preocupaciones del trabajo que tiene hoy".

El asedio tramposo se había posesionado de casi todo el cuerpo social soviético. Cobraba fuerza la tesis que en la sociedad futura no habría más conflictos y, con más razón, tampoco guerras. En otras palabras, las otras ideologías felizmente serían enterradas por la historia. En lo sucesivo, a partir de 1981, se iniciaría la era de la abundancia y extensión de la revolución al resto del mundo. Todos conocemos el epílogo de la URSS. ¿Podremos aprender algo de la trágica realidad que le cuesta grandes sacrificios a la Rusia de hoy? Pasará más de una generación para que ese país pueda incorporarse plenamente al mundo desarrollado. Chávez coexiste con el mito; no con la dura realidad.

MIGUEL BAHACHILLE M.
 
Tomado de: El Universal

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