21 ago. 2011

El fracaso dura demasiado



Aquellos que consideran la longevidad de Fidel Castro Ruz como un premio están equivocados. Quienes lo conocen de cerca saben del martirio diario del déspota al verificar la magnitud de sus desatinos y la gravedad de sus incoherencias.

El guerrillero que prometió el paraíso socialista acaba de entregar una nueva versión del infierno que le confiscó a Fulgencio Batista. Y el destino, que es uno de los nombres de Dios, le enrostra a diario esa interminable lista de yerros y caprichos que solo provocaron destrucción y muerte.

El político que se impuso cambiar América Latina ni siquiera pudo modificar un milímetro la isla que lo cobijó. El revolucionario que vencería al imperialismo de Estados Unidos cayó derrotado sin librar batalla alguna.

El líder que convocó a más de 300 millones de latinoamericanos con su verborrea espléndida y sus movimientos de estratega infalible está más solo que nunca. Cada hora marca la distancia insalvable entre el socialismo soñado y la monarquía instaurada en la mayor isla de Las Antillas.

Noche tras noche las pesadillas lo torturan en ese barco rumbo al ocaso, por su terquedad de mantener la ruta incorrecta. Ni su hermano Raúl realizará a tiempo el viraje salvador ahora que agarró el timón.

Y en ese tiempo indefinido entre el último latido y la víspera, Fidel Castro sigue aferrado a esa travesía inútil que en su caso significan silencio y olvido.

Como el destino impone su voluntad al espíritu más tenaz, una contrariedad más agota la paciencia del tirano más longevo de América Latina. Una nieta de la revolución, Yoani Sánchez, 36 años de edad, le recuerda que ella y otros jóvenes emprenderán la más genuina insurrección en una Cuba que ya no soporta más grilletes.

Esta sangre nueva, al lado de las Damas de Blanco, fantasmagóricos huelguistas de hambre y una multitud silenciosa deseosa de recobrar el habla, fluirá por ese cuerpo anémico para insuflarle vida renovada.

Y el destino le dará cuerda a Fidel para ver el triunfo de esta verdadera revolución que por fortuna será pacífica, incruenta, porque en la Cuba de los Castro ya no queda nada por destruir salvo las malas prácticas y el molde obsoleto del estatismo.

El futuro está por llegar y Fidel será testigo de ese tiempo nuevo. Quizá en ese momento cuando la realidad lo desborde con esos cambios que tanto anunció y nunca realizó, ya no quiera ver más. Entonces, habrá pulsado la señal irreversible del final.

Si muestra arrepentimiento, o no, será secundario. El destino le habrá dado la oportunidad final, una consideración que él siempre le negó a sus opositores.

Por Wilder Buleje

Fuente:  Los Andes


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